La Prueba de
Turing, en su aspecto más genérico y aceptado, se basa en que un Juez humano
entable una conversación con un ser humano y una máquina (a la vez) e intente
establecer cuál es la máquina. Se considera que una máquina podrá superar la
Prueba de Turing cuando sea capaz de comportarse tal como un humano y el juez
no pueda discernir entre sus interlocutores. Para lograrlo, la máquina debería
ser capaz de utilizar un lenguaje natural, razonar, tener conocimientos y
aprender. Este conjunto de elementos es, en su mayoría, lo que representa
escollos para la inteligencia artificial. A partir de aquí, surgen los
detractores de la validez de la prueba de Turing. El argumento principal se
basa en que la Prueba sólo evalúa si el sujeto se parece a un ser humano y que
eso no implica inteligencia; por un lado existen muchos comportamientos humanos
que no se consideran inteligentes (como la susceptibilidad a un insulto o la
tentación de mentir) y que una máquina no reproduciría aunque cuente con
inteligencia suficiente. Por otro lado, si una máquina fuera capaz de resolver
un problema que ningún ser humano puede resolver, fallaría en la Prueba de
Turing (se revelaría como no humana) aunque estuviera demostrando una
inteligencia superior.
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