martes, 22 de enero de 2013


La Prueba de Turing, en su aspecto más genérico y aceptado, se basa en que un Juez humano entable una conversación con un ser humano y una máquina (a la vez) e intente establecer cuál es la máquina. Se considera que una máquina podrá superar la Prueba de Turing cuando sea capaz de comportarse tal como un humano y el juez no pueda discernir entre sus interlocutores. Para lograrlo, la máquina debería ser capaz de utilizar un lenguaje natural, razonar, tener conocimientos y aprender. Este conjunto de elementos es, en su mayoría, lo que representa escollos para la inteligencia artificial. A partir de aquí, surgen los detractores de la validez de la prueba de Turing. El argumento principal se basa en que la Prueba sólo evalúa si el sujeto se parece a un ser humano y que eso no implica inteligencia; por un lado existen muchos comportamientos humanos que no se consideran inteligentes (como la susceptibilidad a un insulto o la tentación de mentir) y que una máquina no reproduciría aunque cuente con inteligencia suficiente. Por otro lado, si una máquina fuera capaz de resolver un problema que ningún ser humano puede resolver, fallaría en la Prueba de Turing (se revelaría como no humana) aunque estuviera demostrando una inteligencia superior.

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